“E Pluribus Unus”

Hipótesis “E Pluribus Unus”: la “comunicación pública” tiene una entidad única, aunque esté hecha a partir de muchos elementos diversos: “periodismo”, “publicidad”, “relaciones públicas”, “propaganda”, “entretenimiento”, etc. Y en múltiples soportes y formatos.
De entrada, es cierto que este sitio puede parecer -y ser- un “cajón de sastre” o “batiburrillo” en el que se recopilan cosas heterogéneas que son aspectos puntuales de los variadísimos asuntos, modos y medios que intervienen en la comunicación pública. De todos modos, espero poder hacer -con un poco de tiempo, y “repensando la comunicación”- una ensalada como la que menciona Virgilio.
“E Pluribus Unus” (De muchas cosas, una) es una frase atribuída a Virgilio. La usó en un poema para alabar la unidad de gusto y color de una ensalada, crema o salsa de queso, el “moretum”, que se tomaba con pan, hecha con hierbas aromáticas, ajo, vino, sal, aceite y vinagre, además del queso.
Sirva como metáfora para la mezcla de modos y medios que dan lugar al fenómeno unitario de la comunicación pública. Hay una variante famosa, “E Pluribus Unum”, elegida como lema para el primer Sello de los 13 Estados Unidos de América, en 1776.
Este tumblr-blog busca reunir preguntas, notas y comentarios más o menos sueltos de profesionales, académicos o simples interesados en asuntos de comunicación pública (periodismo, relaciones públicas, propaganda, publicidad, ficción), en versión clásica y sobre todo en actualizaciones 2.0/3.0.
NOTAS PARA REPENSAR LA COMUNICACIÓN PÚBLICA
(Forman parte del guión escrito para un Seminario académico de Profesores de Comunicación)
Los saberes relativos a la comunicación pública que resultan adecuados a tradiciones e innovaciones son los que miran con atención a la persona humana y su dignidad. Esto, si se plantean en torno a un centro vital en torno a asuntos humanísticos, culturales (y no de entrada a asuntos tecnológicos, empresariales u otros, todos muy dignos, pero más instrumentales respecto del ser de las personas) junto a todos los arrabales que la vida misma desarrolle. Y entiendo que esto es en todo caso mejor que una situación tendencialmente descentrada, relativista o caótica.
Lo menciono así porque en un diario italiano se hablaba hace días, y de modo muy atractivo, de urbanismo, y por tanto de los centros y los arrabales de las ciudades. Y se razonaba que la irrupción de internet entre nosotros quizá ha hecho –no sólo tambalearse- sino casi desaparecer en la práctica de nuestra vida cotidiana esa diferencia y distancia entre centro urbano y arrabal. Porque el centro puede estar en cualquier parte, o puede que ni siquiera haya uno, o que los bordes de la ciudad no tengan nada que envidiar al centro y de hecho no haya zonas que propiamente puedan llamarse arrabales. Y por tanto la imagen de la ciudad sin centro como referencia metafórica para la organización articulada de unos saberes, por ejemplo, se convierte en algo altamente problemático.
Me venía a la mente a este respecto (y acerca de algunas exageraciones de tendencias en el plan de estudios) aquella loca, caustica, pero divertida idea que Jorge Luis Borges escribe en su ensayo “El Idioma Analítico de John Wilkins” , cuando dice que hay ambigüedades, redundancias y deficiencias en casi todas las divisiones y clasificaciones, que recuerdan las que “el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula “Emporio celestial de conocimientos benévolos”. Dice así: “en sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”.
Dejando por el momento a un lado, no sólo sus metáforas, sino las estrictas cuestiones de clasificación y organización de materias en planes de estudios de Comunicación, que desde luego no llegan al ridículo caos sugerido por Borges, es más que probable que pensemos que en el ámbito académico de la Comunicación hay incoherencias subsanables.
Sobre todo, porque la metáfora urbanística que nos permite hablar de “centro” y de “periferia”, es precisamente eso: una metáfora que necesita –para ser realmente útil- salir del modelo presencial geográfico y espacial que de entrada plantea. Porque, como bien criticaba Aristóteles a Hipódamo de Mileto, no es lo mismo saber diseñar y construir físicamente una ciudad (polis), que saber de su gobierno. Lo primero es asunto de trazado y distribución ortogonal y diagonal de casas, calles y plazas, entre otras cosas, y de lo que el bueno de Hipódamo, en efecto, sabía mucho. Pero esto no es lo mismo que el saber acerca del gobierno de esa misma ciudad (polis) en cuanto conjunto de ciudadanos, metecos y esclavos, asunto del que se ocupa lo que hemos dado en llamar “política”, de la que el pobre Hipódamo muestra tener una idea más bien peregrina, ya que ésta no trata de geometrías o cifras abstractas, sino de formas de convivencia ciudadana, desde la tiranía hasta la democracia o la oligarquía, etc., articulando realidades parlamentarias, judiciales, mercantiles, militares, escolásticas, religiosas, gimnásticas o teatrales, entre otras.
COMUNICACION: OBJETOS Y “ENEMIGOS” PROPIOS
En otros ámbitos académicos y profesionales hay claros objetos de estudio propios, así como enemigos propios, con independencia de la importancia que en cada caso se les otorgue.
En Derecho, el saber que acomuna todas sus variadísimas especialidades se establece en torno a qué es “lo justo”, mientras el enemigo a estudiar queda establecido en torno a los muy diversos tipos y grados de “la injusticia”.
En Medicina, el saber que acomuna las casi infinitas especialidades tiene como objeto propio “la salud”, mientras que el enemigo declarado se encuentra en cualquier síntoma, grado o nivel de “la enfermedad”.
Algo semejante sucede desde luego con otros saberes académicos y sus correspondientes profesiones, desde los saberes filosóficos y teológicos hasta los diversos tipos de ingenierías, o hasta los expertos en gestionar actividades varias con mayor o menor fortuna.
No es preciso insistir en que hay otros ámbitos que son de suyo más difíciles, y que no por casualidad se encuentran muchas veces asociados a los saberes humanísticos, en los que hoy día parece prevalecer el relativismo que pretende equiparar o valorar por igual las opiniones de cualquiera.
El caso es que en la vida ciudadana hoy todo el mundo “opina”: desde el más sabio académico acerca del arte micénico o el historiador que ha empleado una vida a desentrañar esto o aquello, hasta el ciudadano más imbécil, que a buen seguro existe y desde luego opina sobre lo divino y lo humano, el arte o la historia con gran aplomo y seriedad. Pero que, a buen seguro no sabe distinguir entre lo que implica una opinión respecto de una certeza o de una creencia o de una duda o lo que implica una adecuada tendencia y un compromiso hacia un saber con verdad acerca de algo.
En el caso de la Comunicación Pública, en paralelo con lo dicho del Derecho o la Medicina, también se puede hacer una simplificación similar, que ayude a situar el todo y las partes, los aspectos centrales y los –digamos- periféricos.
Nos encontramos con un saber capaz de acomunar todas sus especialidades, que en términos de “enemigo a estudiar” bien puede situarse en torno a “la ignorancia”, de un modo no similar a los saberes destinados a la educación e instrucción escolar.
La ignorancia enemiga de la Comunicación es la que de modo específico nos quita libertad en nuestra vida personal y ciudadana. También por esto cabe decir que el objeto propio de nuestros saberes tiende a orientarse a “dar cuenta y razón de las acciones/pasiones libres personales, histórica o poéticamente (posiblemente) situadas”.
La Comunicación Pública se instala en torno a lo que se suelen llamar “saberes propios de la socialización secundaria”, que son los que de ordinario suelen ser de índole cívica y profesional. Pero también -y pienso que en nuestros días, sobre todo- conviene recordar que los “saberes propios de la socialización primaria”, que hasta hace poco eran los propios de la escuela, previos a la Universidad o a los estudios profesionales, y la participación libre y responsable en la vida cívica (desde que se comienza a pagar impuestos, por ejemplo), son o eran los que constituyen el fundamento de la propia identidad personal y social, cívica, de las personas.
Hoy en día -guste o no- los saberes puestos en juego con la Comunicación pública, a través de sus múltiples especialidades, además de informar, propagar, vender o entretener, tiene una función de “formación continua” en torno a aquellos “saberes de socialización primaria”, dado que la propia identidad personal sigue en juego: o bien porque la escuela no ha desarrollado suficientemente los saberes pacíficamente compartidos en la vida cívica social, bien porque las personalidades están de hecho en continua formación o reformación o configuración de la gente como personas y como ciudadanos.
IMPORTAN LAS PERSONAS
El referente primario profesional –de lo que tratan nuestros quehaceres- del que conviene conocer bien sus cualidades no es principalmente –a pesar de las apariencias- la directa “realidad social” (de eso se ocupa la historia, y suele hacerse con carácter básicamente ideológico: hay varios bandos que cuentan lo sucedido según sus intereses, sin poder hablar en sentido propio de la verdad, con la consiguiente propensión a instalarse en el relativismo) propia del mundo en que vivimos y nos rodea.
Ese referente profesional está constituido más bien por “las personas” (no los “individuos”) que somos nosotros y quienes nos rodean, de quienes hablamos y a quienes nos dirigimos comunicativamente. De ahí la relevancia de la poética, como saber práctico unido a la política, la ética, la estética y la retórica, y no exclusivamente a la antropología, que es de suyo un saber teorético. Hemos de poner en juego comunicativo precisamente algo de lo que las personas tenemos de “in-objetivable” o misterioso, incluyendo además y desde luego, los personajes o roles que nos permiten entrar en contacto y comunicación publica en sociedad.
La comunicación pública no tiene –a estas alturas de su historia- por qué hacer como que es una disciplina o un conjunto de disciplinas “científicas” y “objetivas”, al estilo de las ciencias naturales, físicas o matemáticas, que con el tiempo van cambiando sus “verdades definitivas” a medida que se va viendo que eran –en todo caso- provisionales.
De ahí nace y cabe proseguir con el saber acerca de la libertad personal y sus riesgos y sus errores y las correspondientes correcciones, etc., como capacidad de donación de sí a los demás (que es aportación del cristianismo), siempre destinada a ser la dimensión más profunda de la libertad, pero siempre compartible o compatible con –pero mucho mejor que- la simple (y griega) excelencia en la autonomía o realización personal o individual, etc. Y siempre compartible o compatible con –pero mucho mejor que- el existencialista conflicto irresoluble entre innatas necesidades constitutivas que chocan entre sí… Y no digamos, mucho mejor que el prescindir o manipular nietzscheano de los demás en propio beneficio hedonista.
Cuando el referente prioritario de la comunicación somos las personas y nuestros personajes, el asunto central de la comunicación pública se sitúa en torno a la “acción/pasión personal humana”, que aporta sentido a la libertad e introduce precisamente la novedad en el mundo y que en cierto modo es una “cuasi-persona”, en la medida en que sólo las personas actuamos y padecemos libremente.
Sobre nuestro trabajo, conviene decir que es de suyo directivo. Todo profesional de la comunicación tiene entre manos tareas que, al no seguir reglas fijas, tener la pretensión de acertar, y ser de resultado incierto, le involucran como persona: y eso es propio del trabajo directivo.
A los efectos personales y profesionales de los profesores, alumnos (que no son aún profesionales) y de los colegas profesionales, es muy interesante saber que -tanto desde un punto de vista real y efectivo como poético- lo característico del líder o protagonista de su propia historia es el saber sacar fuerzas de sus propias flaquezas.
Algo que ya entrevieron más o menos confusamente los griegos hace unos 25 siglos con Platón, cuando hablaba del “eros” (hoy: la capacidad de donación personal a otras personas) como fruto de la conjunción de “penia” (carencias) y “poros” (capacidad de abrir camino, salir adelante), y entendía al ser humano como “pantoporos aporós”, algo así como “el que encuentra salidas allí donde (parecía que) no las había”.
Quizá conviene advertir que literalmente eso significa que dispone de todos los caminos de salida pero que, en realidad y quizá por eso, no la encuentra: es algo que Kierkegaard señalaba para la superficialidad y la capacidad de indecisión y de “quedarse en los medios” sin saber bien acerca de los fines del hombre en su época, hace más de un siglo (Kierkegaard dice es Dios quien nos ha de salvar). Y quizá conviene advertir también que Heidegger traduce “pantoporos-aporos” (expresión que está en un verso del coro al inicio de la Antígona de Sófocles) como “aventurarse en todas direcciones, sin experiencia”.
Sobre esto último se puede decir algo bien conocido y que lleva lejos. Está presente ahí la noción del riesgo de las profesiones de comunicación: Heidegger solía citar el lúcido verso de Hölderlin: «Donde está el peligro, allí surge también la salvación». Aunque -dice Alejandro Llano- cuando el peligro no comparece, cuando uno se cree a salvo, la necesidad de salvación permanece oculta: donde no hay peligro, tampoco hay salvación.
En una perspectiva actual, bien puede encontrarse en el carácter arriesgado de la acción, y la equivocación, y el error, que pide la “corrección”. Porque “lo correcto” es -y no sólo por razones gramaticales- lo corregido…